Caray, que qué bonito es ir a estudiar humanidades a la universidá. Uno aprende tanto… a chupar, a hablar conteniendo el aliento (si toses, es que ya estás high) o a farolear chido y sabroso. Y es que la uni (termino ibero-friendly) es la preparación para la vida.
¡Cómo ser un futuro intelectual si no dominas el verbo! (aunque no sepas conjugarlos). Si algo he aprendido del oficio de pensar en estos posmotiempos, es que no importa tanto qué tan bien razones, sino cuán bien sepas dejar mudos a tus oponentes.
Vamos, que argumentar es para gente ignorante; lo de hoy -en verdad, lo de hoy- es citar nombres muy a la APA (apellido, año y número de página). Empezar un discursillo así: “Buenos días (García Márquez, 2000: 20)”. Usar latinajos y tinajas cuando uno habla de cualquier babosada: “O sea, el antro estaba lleno de emos ad infinitum. ¡Qué hueva! Britney dixit“. Y así.
Pero si asté creía que eso era un mal de nuestros tiempos, desmiéntase. Ya Lizardi “el pensador mexicano” en su Periquillo Sarmiento nos ilustraba de estas conductas harto benéficas para el pro de la mamonería y blof nuestro de cada día. Mire nada más:
“Así como en el estudio de la gramática aprendí varios equivoquillos impertinentes, según os dije, como Caracoles comes; pastorcito come adoves; non est pecatum mortale occidere patrem sum, y otras simplezas de éstas; así también en el estudio de las súmulas aprendí luego mil sofismas ridículos, de los que hacía mucho alarde con los condiscípulos más cándidos como por ejemplo: besar la tierra es acto de humildad; la mujer es tierra, luego etc.; los apóstoles son doce, San Pedro es apóstol ergo etc.; y cuidado, que echaba yo un ergo con más garbo que el mejor doctor de la academia de París, y le empataba una negada a la verdad más evidente, ello es, que yo argüía y disputaba sin cesar, aun lo que no podía comprender, pero sabía fiar mi razón de mis pulmones, en frase del padre Isla. De suerte que por más quinadas que me dieran mis compañeros, yo no cedía. Podía haberles dicho: a entendimiento me ganarán, pero a gritón no, cumpliéndose en mí, cada rato, el común refrán de que quien mal pleito tiene, a voces lo mete.
(…)
Para no cansaros, yo pasé mi curso de lógica con la misma velocidad que pasa un rayo por la atmósfera sin dejarnos señal de su carrera, y así después de disputar harto y seguido sobre las operaciones del entendimiento, sobre la lógica natural, artificial y utente, sobre su objeto formal y material, sobre los modos de saber, sobre si Adán perdió o no la ciencia por el pecado (cosa que no se le ha disputado al demonio), sobre si la lógica es ciencia o arte, y sobre treinta mil cosicosas de éstas, yo quedé tan lógico como sastre; pero eso sí, muy contento y satisfecho de que sería capaz de concluir con el ergo al mismo Estagirita; ignoraba yo que por los frutos se conoce el árbol, y que según esto, lo mismo sería meterme a disputar en cualquiera materia, que dar a conocer a todo el mundo mi insuficiencia. Con todo eso, yo estaba más hueco que un calabazo, y decía a boca llena que era lógico como casi todos mis condiscípulos.
No corrí mejor suerte en la física. Poco me entretuve en distinguir la particular de la universal; en saber si ésta trataba de todas las propiedades de los cuerpos, y si aquélla se contraía a ciertas especies determinadas. Tampoco averigüé qué cosa era física experimental, o teórica; ni en distinguir el experimento [53] constante del fenómeno raro, cuya causa es incógnita; ni me detuve en saber qué cosa era mecánica, cuáles las leyes del movimiento y la quietud, qué significaban las voces fuerza, virtud, y cómo se componían o descomponían estas cosas; menos supe qué era fuerza centrípeta, centrífuga, tangente, atracción, gravedad, peso, potencia, resistencia, y otras friolerillas de esta clase; y ya se debe suponer que si esto ignoré, mucho menos supe qué cosa era estática, hidrostática, hidráulica, aerometría, óptica y trescientos palitroques de éstos; pero en cambio, disputé fervorosamente sobre si la esencia de la materia estaba conocida, o no; sobre si la trina dimensión determinada era su esencia, o el agua; sobre si repugnaba el vacío en la naturaleza; sobre la divisibilidad en infinito, y sobre otras alharacas de este tamaño, de cuya ciencia o ignorancia maldito el daño o provecho que nos resulta. Es cierto que mi buen preceptor nos enseñó algunos principios de geometría, de cálculo y de física moderna; mas fuérase por la cortedad del tiempo, por la superficialidad de las pocas reglas que en él cabían, o por mi poca aplicación, que sería lo más cierto, yo no entendí palabra de esto; y sin embargo decía al concluir este curso, que era físico, y no era más que un ignorante patarato; pues después que sustenté un actillo de física, de memoria, y después que hablaba de esta enorme ciencia con tanta satisfacción en cualquiera concurrencia, tomo que me mochen si hubiera sabido explicar en qué consiste que el chocolate dé espuma, mediante el movimiento del molinillo; por qué la llama hace figura cónica, y no de otro modo; por qué se enfría una taza de caldo u otro licor soplándola, ni otras cosillas de estas que traemos todos los días entre manos”.
Con esto queda demostrado lo siguiente: Entre San Idelfonso y la Ibero hay sólo 3 colegiaturas de diferencia.